Hace poco, un amigo fue a ver una corrida de toros por primera vez a España, cuna del toreo. Iba con su padre, gran aficionado a la tauromaquia, quien le había inculcado este amor por las corridas. Mi amigo, de 23 años, estaba entusiasmado porque iba a Las Ventas, a Madrid. Me llamó para “presumírmelo” y a casi reclamarme de cómo era posible que a mí no me gustase. A su regreso, volvimos a hablar. La corrida la había disfrutado como niño chico en juguetería. Estaba con su padre, con su referente, un recuerdo inolvidable para él. Embriagado aún por el placer de lo que había contemplado, se fue a un bar con sus amigos a continuar con la fiesta. Allí, poco le duró el entusiasmo. Él, muy presumido, contaba a diestro y siniestro de dónde venía y cómo lo había disfrutado. Nadie, absolutamente nadie, mostraba ningún tipo de interés, es más, mostraban más bien rechazo a su gusto por la tauromaquia. Tal así, que dejó de hablar del tema durante toda la noche. Una forma cruel de darse cuenta que en España, el reloj de arena va incluso más avanzado que en México. Él, sólo encuentra el cobijo taurino en su padre, no en la sociedad.
A su regreso le dije: “amigo, la tauromaquia ya sólo depende de unas pocas personas, no de la sociedad”.